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Aprendiz de Curro

Consigna de Retazos

Francisco Huesa Andrade

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"Ni tan arrepentido ni encantado de haberme conocido, lo confieso".
Joaquín Sabina (Y sin embargo...)
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January 21

¿Verdaderamente Eres Feliz?

¿Verdaderamente eres feliz? Piénsalo.

 

Como cada lunes te despiertas cuando el sol aún no ha asomado el borde de su silueta. Te enchufas un café recalentado y una ducha desganada, buscas una camisa de cuadros celestes capaz de camuflar tus ojeras y repites una serie de pasos que, por rutinarios, apenas eres capaz de recordar. Lo predecible aporta seguridad, por eso te atrapa, porque aleja el miedo. Tranquilidad. Tu único temor a estas horas es quedar encerrado en el ascensor con el vecino del sexto derecha, el pervertido del telescopio. El aburrimiento tiene mucha imaginación y probablemente sólo sea un rumor pero, sabiendo que las estrellas no se asoman a la ciudad, ¿quién iba a tener un telescopio en su balcón? Un timbre ronco y agudo os avisa y las puertas metálicas se abren. Todo ha quedado en nada. Un educado e indiferente “Adiós, buenos días” y cada cual por su camino. Quizás no seas presa de su gusto. Los obsesos suelen ser gente caprichosa con obsesiones enquistadas, fetichistas adictos a las subidas de endorfinas y al placer urgente. Al fin y al cabo, tú eres un ciudadano gris, un número de ocho cifras desterrado del país de los sueños húmedos, un exiliado del morbo.

 

Pisas la calle y resoplas hondo. Mientras decides donde aparcaste ayer, maldices unos segundos a un gilipollas que está corriendo con unas mallas de nylon y una camiseta sin mangas. Es indigno ser tan deportista, tan absurdamente madrugador, tan disciplinadamente obstinado, tan... gilipollas. Pero el reloj avanza y te retrasas. Encuentras el coche, este mes todavía con las lunas vírgenes. Los ladrones del barrio deben estar también notando la crisis porque escasean objetos de valor escondidos bajo los asientos. Y la piratería tampoco da tregua: ni un compact original, únicamente copias caseras. Habrán cambiado de negocio, los tirones de bolsos y los atracos con arma blanca son un valor seguro. Tranquilidad. Su jornada laboral concluyó hace varias horas. Estás seguro.

 

Arrancas. La radio tiene sintonizadas las mismas emisoras de mierda, que repite las mismas bromas de mierda, los mismos cantantes de mierda, las mismas canciones de mierda. Mientras conduces por un laberinto de semáforos y asfalto que desemboca en tu oficina añoras tus diecisiete años, aquel inseparable proyecto de triunfo líder en público y ventas. No erais peores que esos grupos de adolescentes castrados con sus canciones sensibleras, su estética cani, sus acordes perdidos, sus gorgoritos desafinados y sus amores fucsia pastel. Sin embargo, no te planteas la cuestión. Son tu única compañía de viaje y el beneficio es recíproco: tú esquivas a la soledad, ellos engordan la nómina.

 

¿Verdaderamente eres feliz? Piénsalo.

 

Debes ir pensando en cambiar de coche. En las cuestas pierde potencia y cuando lo pones a ciento veinte parece una cafetera a punto de despegar. La única diferencia es la sensación de ahogo del motor y las vibraciones de la palanca de cambios. Además, desde hace unos días el tubo de escape escupe dióxido de carbono ennegrecido y la temperatura del agua se ha elevado por encima de lo normal. Temes lo peor. Tú y el prepotente propietario del Mercedes Clase A que acaba de adelantarte. Su vehemente forma de tocar el claxon lo delata. Se preocupa por ti o, al menos, por el estado de tu utilitario. El mundo está lleno de buenas personas, de almas desinteresadas dispuestas a abroncarte por encima del límite de velocidad permitido. Sin embargo, su complejo de superioridad y su altruismo exaltado no llegan tan lejos (ni tan rápido) como su vehículo. En ningún momento se le ha pasado por la cabeza avalarte ante el despiadado director de tu entidad bancaria. Jamás va a extender un cheque firmado para abaratar los plazos de la financiera. Ni siquiera es capaz de ofrecerse para acercarte al trabajo. Tranquilidad. El viejo Renault aguantará hasta la oficina. Los pobres tienen ese obstinado sentido del deber.

 

No puedes estacionar cerca de la entrada y eso que estás en un polígono industrial. La temperatura ha bajado dos grados y un aire cortante te rasga el rostro. Dudas. Por un instante piensas en fugarte rumbo al horizonte pero te retiene la querencia heredada de seguir una línea recta sin meta fija. Aceleras el paso para resguardarte del relente, para huir de la tentación. Ya a cubierto, intentas parecer ocurrente acompasando tus saludos con algunos chistes. Finges preocupación por el administrativo hipocondríaco que responde al protocolario “¿cómo estamos?” con la retahíla interminable de sus enfermedades y sus respectivos tratamientos. La charla de hoy es sobre la hipertensión y la incomodidad de los diuréticos tipo tiazida, que son un pase preferente para el retrete. Tranquilo. Cualquier descuido, cualquier aviso, cualquier relevo te servirá para despedirte a la francesa y deslizarte como una sombra hasta tu escritorio.

 

El jefe no ha llegado aún y un grupo de trabajadores está comentando los resultados de la última jornada de liga. Ajena a la discusión, oculta detrás de su flequillo, tu compañera de sala enciende paciente su ordenador. Hoy ha combinado con soltura unos lascivos zapatos de tacón y una ajustada camiseta roja. La dulzura de su mirada no tapa la perversión de su escote. Improvisas un piropo velado y ella replica medio sonrosada con falsa modestia. Te engañas suponiendo un anhelo hilado en su rostro, acaso un brillo cristalino ardiendo en su pupila. Te ilusionas imaginándola acunada en el hueco de tu hombro, abandonando al guerrero castrado de su novio. Tranquilo. Sólo es humo, sueño. Su belleza es tan absoluta como inaccesible. Después de todo, el horizonte sólo es la comisura de un amanecer inalcanzable.

 

¿Verdaderamente eres feliz? Piénsalo.

 

El capullo de tu responsable de área aparece con media hora de retraso. Se hace notar martilleando el mármol con el ruido engreído de sus suelas de piel. Habla compulsivamente por el móvil y gesticula con vehemencia. Ha llenado el departamento con el olor a colonia cargante y dulzón propio de los ejecutivos prepotentes y acomplejados. Te dirige la palabra por primera vez para recordarte que debes entregar unos informes que ya dejaste en su despacho hace una semana. No se molesta porque le hayas dado con su incompetencia en las narices, al contrario, le vale para construir un alegato sobre la trascendencia de su puesto para el buen funcionamiento de la empresa. Elogia su carácter emprendedor, su agenda apretada, su pese a todo equilibrada vida.

 

-Y todavía me sobra tiempo para ir al gimnasio y recoger a mi mujer y a mi hija de casa de mi suegra-, apostilla.

 

En medio de la monserga, no sabes cómo, te ha endosado un montón de sub-tareas a las cuales no puedes negarte. No te lo agradecerá. Si lo haces bien el mérito será todo suyo. Si te equivocas la culpa caerá sobre tu espalda, sobre tu prestigio. Precisamente el prestigio del cual él carece entre compañeros, clientes y proveedores. Sin embargo, su posición se basa en el poder, no en la autoridad. Dedicarás tus ocho horas laborables a resolver sus asuntos y una pila de papeles pendientes seguirá dibujando un skyline sobre la pared del escritorio. Tranquilo. La empresa no paga las horas extras aunque pregonan que se tienen en cuenta.

 

Eres el último. Cuando abandonas tu puesto de trabajo el administrativo hipocondriaco ya se ha marchado. Tu compañera de sala también. Ha venido su novio a recogerla en un Mercedes Clase A recién estrenado. Aporreó el claxon de forma vehemente para avisar que la estaba esperando. Suspiras. Apagas las luces y repites una serie de pasos que, por rutinarios, apenas eres capaz de recordar. Cuesta abajo el coche tiene más brío. Pronto estarás en casa. Casi no te sobran fuerzas para una ducha rápida, una cena ligera y destapar la cama. Tranquilidad. Ya mañana será otro día... otro día igual.        

 

¿Verdaderamente eres feliz? Piénsalo. Tal vez sea el momento de cambiar las cosas.

 

                                     

 

 

December 21

Tratado de la Ignominia Nº 13 (III)

La creación y la destrucción son a la vez un don y una vocación. Hay quien nace con esa capacidad, quien la soporta impresa en su mapa genético como la llaga de hierro ardiendo, como el tatuaje de tiza cicatrizado. Sobrellevar su estigma no es fácil. Supone cargar con la presión de la superioridad, ver aquello que los demás ignoran mientras eres ignorado por ver, actuar movido por un impulso incontrolable que te empuja hacia el abismo, hacia el caos, hacia la frontera irreversible y asimétrica de la experiencia. Muchos, la mayoría, reniegan en el intento. Se ponen la venda y aguardan a que el sol les enseñe cada tarde a envejecer. Algunos, los menos, consiguen pusilánimes mantener la vista vegetando esclavos de su silencio, sin mover una pestaña, sin doblar un dedo, oteando la infamia, engordando con ella. Es el llamado camino del medio, una tangente en ocasiones hasta rentable si impermeabilizando los escrúpulos, te habitúas a nadar entre excrementos y a alimentarse de ellos. Hay daños colaterales pero son humo, tierra, nada. Únicamente debes sobreactuar e intentar no reventar como he hecho yo. Entonces no hay más puertas que la autodestrucción, una vía honrada cierto, pero irreversible.

 

Con todo, aniquilarse es fácil. Cualquier chispa enciende el estiércol pútrido y apenas pasan factura los días de congoja del antes, precisamente por la falta de futuro. Lo tremendo es asumir tu rol y desempeñarlo escrupulosamente, con el compromiso sincero del gusto. Porque hay quien disfruta con la creación y la destrucción que implica. Y viceversa. Ambas nacen necesariamente del dolor, el mismo dolor que abre las puertas de la vida, el mismo dolor que precinta hermético la madera del ataúd. Es entonces, batido en el masoquismo, cuando brotan las hojas reverdecidas en la bisagra quebrada de la inflexión. Ahí fluye la luz potente de lo Bello o de lo Sublime, de la devoción o de la herejía, del infinito y de lo eterno. Todo resultado de un proceso íntimo, un parto gestado a golpes de alma que hace al hombre renegadamente humano, incontrolablemente celestial. Atravesada esa línea tiene sentido la anemia vital, el pesimismo sistólico y el enfisema asfixiando el espíritu. Durante un suspiro eres Dios contemplando su creación en el microscopio del Aleph, el Dios todopoderoso y musculoso de Miguel Ángel dando la vida en el techo de la Capilla Sixtina. En esa milésima de segundo no pueden arrebatarte algo que pronto será de los demás, de los otros, de todos, pero durante esa milésima tuyo. Es la consagración del gerundio absoluto, Dafne convirtiéndose en laurel en la espiral modelada de Bernini, la atmósfera que separa a Venus de su espejo. Un instante desmesurado que justifica la destrucción, el agujero negro evacuando el aire de las corneas, la constancia y el sacrificio de la dedicación, la oscuridad que ello genera. La destrucción.

 

Y como cada haz tiene su envés pegado a la espalda, no puede creerse en un Poder Celestial sin ira, sin temor, sin la necesidad de destruir lo anterior para recuperar y reconstruir desde la dimensión incontenible de una nueva fuerza. Ahí germina la crítica diestra en firmamentos y estrellas, alfa de cualquier inquietud y anhelo que aspira y respira más allá de lo material. Yo la perdí absolutamente y por ello debo inmolarme, para extirparme la pequeñez. Empezando desde cero. Siendo cero.
 

  

December 17

Ya No Puedes Volver Atrás

No ha sido un año fácil. Si tuviera que emplear una sola palabra del diccionario para describirlo escogería asimetría. Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua significa “que carece de simetría”. Parece simple pero es complejo. Sobre todo porque el 2009 no puede resumirse en una voz. Faltan portadas y barro, suelas gastadas y zapatos de charol, pizarras y camas de hospital. Habría que hablar incluso del frío mármol de los cipreses, de descensos no por inesperables inesperados, de deudas saldadas con la nostalgia, de semillas sembradas para recoger ayer, de revoluciones inconclusas, de fidedignas crisis cabezotas, de una ciudad tan nombrada como innombrable, de Rodríguez mediocres disfrazados de Señor Don... Como siempre, muchos seguís sin entenderme. Hago lo que puedo con el material que tengo.

 

Este año he experimentado el sentido más riguroso del verbo vivir. Y vivir, entre otras cosas, supone desigualdad. En el haber anotaré el perfil de la cara que empiezo a verle al esfuerzo de muchos años, a ese trabajo de centrocampista defensivo tan denostado pero a la vez tan necesario. Cocinado y servido con fastos nuestro primer libro (para los interesados, en Padilla Libros siguen vendiéndolo), una insolencia tan divertida como profunda, estos 365 día me dieron la posibilidad de hacer mis primeros pinitos serios en investigación, construyendo por primera vez Historia con mayúsculas. Queda camino por recorrer, pero los primeros pasos están dados. También está madurándose mi perfil de profesor. La interinidad ha supuesto la posibilidad de trabajar para los demás... y para mí. Un lujo que pago con un exilio moderado a la sombra de la Alhambra, monumento que, por cierto, trataré de no volver a visitar hasta que el Patronato encargado de regentarlo aprenda a comportarse como es debido, a saber, con educación. Algo muy español eso de la prepotencia, si tienes una polla larga (con perdón) tienes derecho a darle con el prepucio en la cabeza a los turistas paletos, iletrados e inferiores. Es el fruto de un narcisismo provinciano incapaz de abrir los ojos para mirar más allá de su ombligo.

 

El 2009 también tiene sus debes. Desmontándose a cachos en manos de un potentado caprichoso cansado de su juguete, me duele mi Betis. Por suerte, ser bético es una filosofía de vida, un sentimiento altruista que engrandece al género humano. El patrimonio intangible no entiende de acciones, de “cucharas”, ni de “barrigas” candidatos a Goebbels. Aún así, escuece ver su grado de degradación. Igual ocurre con la ciudad, agonizante en el sinsentido contra natura de un dictador bananero. “Quien se mueve en Sevilla, pierde la silla”, una variación del ripio con patente de corso en la actitud de un alcalde incapaz de merecer una ciudad que no comprende. Así es el nuevo progresismo de salón (¿Dónde quedó la izquierda que impartía con sus gestos Don Alfonso Lazo en Pensamiento Político del Siglo XX?), capaz de condenar la metáfora perfecta de su fiesta más precisa y preciosa mientras subvenciona porquería disfrazada de modernidad.  Y eso que la mierda, a día de hoy, cotiza al alza. Sobre todo en un mercado incompetente e inepto cuando de reconocer errores se trata. Digresión esta muy abstracta pero hecha carne todas las mañanas en múltiples oficinas, tierra quemada al trote de la fe del capital. En medio, aprovechados y victimas, cachos de carne indefensos competentes para nada por un pedazo de carroña. Mientras sigamos tragando, brotará sangre.

 

Sin embargo, para mi ha sido el año donde hemos conocido la dureza de la enfermad. Y aunque avanzamos a pasos cortos, gracias entre otros a médicos como el doctor Virizuela, la batalla es dura de la hostia (Don Eloy dixit). Es paradójico como, en un mundo criado a espaldas de la desgracia, cuando caes en ella se torna en una rutina más. Todos los días, en cuatro turnos, varias personas, mayores y jóvenes, morenas y rubias, de pueblo y de ciudad, acuden a su sesión de quimioterapia. Las habitaciones de la planta de oncología están llenas de pacientes que entran y salen, que mueren y sanan. Muchos enfermos terminales son tratados en la unidad del dolor meramente para mitigar el calvario físico de un fin tan cercano como arduo. Nadie es único. Sucede continuamente, a todas horas, en todos sitios. No somos especiales por ello. Tampoco mi padre. La enfermedad está ahí y no nos hace diferentes. Nos hace, sencillamente, hombres.       

 

Al final, pasadas las cuarenta y tantas semanas del 2009, cuando se cuadra balance y se ordenan las fotos en la memoria, uno percibe las experiencias, los límites sobre los cuales nunca podrá volver. Ya no puedes volver atrás. Expulsado, probablemente de un golpe seco, de la juventud indecorosa y despreocupada, se acumula carga en los hombros y se advierte como el tiempo sigue pasando sin detenerse. Cambias para seguir siendo e intentas aprovecharlo para cambiar realmente, para asimilar efectivamente el concepto del vivir. Porque vivir por vivir es pasar, no hacer pasar por uno. Seguramente en eso Genaro también llevara razón. Por eso los carcas nunca mueren.    

 

                             
December 06

Inmensamente Frágil (*)

Pese a la ficción onanista que nos hemos fabricado, la vida sigue siendo irónicamente cruel, inmensamente frágil. Podemos comprar compulsivamente artículos inútiles, conducir por desiertos interminables sin rumbo definido, engordar hasta reventarnos las arterias a base de colesterol, hipotecar amaneceres por un puñado de ceros a la derecha... Glorias fútiles, colección de vanidades. La vida es mayor que nosotros. Somos un pasar insolente convertido en polvo en un abrir y cerrar de ojos. Los pedestales están fabricados de barro, encogen, blandean, acaban hechos lodos. Sic transit gloria mundi. Después, gusanos y ceniza, postrimería niveladora de báculos, dólares y coronas. Ni apariencias ni egos. Sólo tierra.

 

Hoy debatían mis alumnos sobre la felicidad y, como a cualquier ser humano, les resultaba difícil definirla. Sin embargo, tenían claro sus adjetivos, calificativos, concretos. Entre el dinero y una entelequia hormonal que confunde sexo con amor, su felicidad es algo laxo, ligero, material. Así los han educado, ciudadanamente. Son consumidores responsables, buenas personas corrompidas por una cultura maquiavélica que los destierra de su virginal bondad (toma, jódete). Completamente desnaturalizados, la mayoría avanza camino de convertirse en perfectos zombis ambulantes por el centro comercial de las aceras, aceras donde brilla más el neón ennegrecido de Zara que la luz propia de los monumentos. ¿Por qué mirar al cielo si puedo comprar camisetas de temporada a 5,99 €?

 

Pero esto no es algo sólo de los alumnos. Sus profesores son igual, sus padres son igual. Repanchingados en el sistema, cambian lo justo para dejar las cosas como están, legitimando un status quo donde las respuestas son superficiales, sin fuerza siquiera para rasgar la superficie. Se pica boleto, se culpa a entelequias informes y a seguir consumiendo. Sin arañarse las rodillas, se pasa la pelota al vecino para no pringarse el bajo del pantalón de mierda y a vivir que son dos días. Todos contentos. Como las bucólicas familias de esos anuncios de chocolatinas con forma ovalada (vulgo “huevo Kinder”) donde niños y adultos sonríen porque los primeros toman una merienda dulce y a la vez sana. El problema es que tanto pasteleo edulcorado nos ha dejado ciegos. Nos hemos creído hasta tal punto los anuncios que ahora nos es imposible concebir la vida si no es para nuestro continuo disfrute. Y entonces llegan las frustraciones, las horas de psicoanalistas, las supuestas angustias reconcentradas. Porque la vida nos supera.

 

Hemos estereotipado el dolor y ahora nos resulta ajeno. Somos incapaces de soportar las emociones porque estamos amaestrados en sentimientos cliché acompasados por Bustamante o Laura Pausini. La sangre se ha vuelto rosa chicle y las cicatrices se cubren con un maquillaje blancuzco y dieciochesco que se luce en la foto principal del perfil de Facebook o Tuenti. Se vive para el gozo, para la palmada en la espalda, para la frase oportuna que nos adula. La crítica, el esfuerzo, el sufrimiento, el sacrificio o la muerte son casualidades que estropean el normal transcurso de la vida, que es placer continuo. Y si no sabes hacerlo, si no puedes empatizar con el perfume pachulí de la ligereza conceptual y humana es porque, o eres un amargado, o no entiendes los sentimientos. Está claro, eso es tarea para brujas de pelo escaldado, que comprenden el corazón humano casi tan bien como la sugestión, la debilidad y el miedo, muy rentables económicamente por cierto.

 

No obstante, al final (o al principio, o a la mitad) la vida acaba sacando el mazo y golpeándonos con una fuerza seca, grave. Es parte de su ser y del nuestro. Vivir sin dificultad, sin contratiempos o sin angustia no es vivir, sino un pastiche prefabricado en los delirios de la publicidad. Un ser humano completo necesita probar la amargura, el amor, el rechazo, el desconsuelo, el poder, la debilidad, la miseria, la grandeza, lo bello, lo deforme, el orden, el caos... Todos, en una laberíntica contradicción donde nada es blanco o negro sino gris, forman la vida de verdad, una vida donde lo bonito y lo feo son intrascendencias posibles (incluso imprescindibles), una vida donde el tiempo es sinónimo de absoluto   

 

 

 

(*) A Don Carlos que, desde su grandeza y nuestra complicidad, es capaz de comprenderlo mejor que yo.

 

November 13

Puñalada a la Excelencia

Cuando entramos en la Universidad nadie nos advierte que la vida está mal ordenada. Por lo menos en España. Las promesas de futuro, la formación superior, las oportunidades... Todo es mentira. O al menos eso dicen las estadísticas. Porque resulta que el mercado laboral demanda cada vez más titulados en ciclos formativos y menos licenciados. Pero lo expondré en números, es más impresionante: la tasa de desempleados universitarios menores de 30 años es veinte puntos superior a la de titulados de módulos superiores. Dicha tendencia ya venía apuntándose en años anteriores aunque la crisis económica la ha acentuado. Los empresarios sostienen que los graduados de formación profesional proporcionan capacidades de inmediata aplicación al trabajo y reclaman al gobierno el fomento de este tipo de ciclos para dar el impulso de competitividad necesaria para salir de la crisis. Cada cual saque sus conclusiones. Yo tengo las mías.

 

Probablemente el primer problema sea la confusión entre beneficio y rentabilidad, cuestión no muy bien asimilada por el tejido empresarial. Dudo que un grado superior de formación profesional sepa aplicar sus conocimientos de forma inmediata en el trabajo. Ellos, como los universitarios o como cualquier hijo de vecino, necesitan un periodo de aprendizaje y adaptación. La diferencia estriba en que a los universitarios se les debe presuponer la capacidad de resolver problemas más complejos. Al fin y al cabo, en la Universidad no se aprende sólo una ciencia sino también una metodología para responder a situaciones complejas. Precisamente por ello, invertir en formación universitaria y contratar a sus frutos debe ser inexcusablemente más rentable, pues aporta valores añadidos a las empresas. Esto no significa que haya que “fichar” únicamente universitarios ni que los módulos de formación profesional no sirvan para nada. Hacen falta un Messi para meter goles pero también un Puyol defendiendo. Todos aportan y, como dice un maestro mío, no puede haber más jefes que indios. Pero de ahí a ensalzar los ciclos formativos como fórmula anticrisis hay un trecho.

 

Especialmente porque esta afirmación lleva a aseveraciones socialmente negativas. Si estudiar durante tres o cinco años más (masters del universo a parte) para obtener una carrera no se compensa con ningún beneficio cuantitativo, ¿para qué esforzarse? Porque estudiar supone un gran esfuerzo económico y personal, significa dejar de hacer otras cosas (entre otras, trabajar por un salario) para formarse y estar más preparado. Y ahora salen los empresarios diciendo que los más preparados son otros. Toma puñalada a la excelencia.

 

Nuestra sociedad (y eso nos incluye a todos, empresarios y trabajadores, licenciados y personas con el graduado escolar) tiene que dar al mérito y a la excelencia el lugar que le corresponde o, en caso contrario, quedará instalada en la mediocridad. Salir de la crisis no es cuestión de un diploma, es evidente, pero es imprescindible contar con los mejores y más preparados para superarla de una forma coherente y crítica. Abogar fuertemente por una enseñanza técnica, justo cuando nos venden una reforma universitaria a la boloñesa, es levantar las cartas y dejar claro, sin tapujos, que todo sigue igual, que seguimos viviendo en la cultura del pelotazo, del dinero fácil y rápido, que era necesario cambiarlo todo para dejar las cosas como estaban. El futuro de la Universidad y de los universitarios irá a peor y estará firmemente unida al mercado. Crear un sistema responsable y equilibrado era, como nos temíamos, otro cuento.